lunes, julio 31, 2017

La piel


Dicen que la piel es el mayor órgano del cuerpo, que ocupa 2 m²  más o menos. También dicen que sirve de barrera protectora, hablan de la dermis, la epidermis... Pero se les olvida lo más importante, que la piel guarda el tesoro de las caricias que se dan y se reciben y el pulso que sentimos bajo ella es el recuerdo de todas las que nos marcaron. 

Recuerdo, por ejemplo, aquella mano tímida que se entrelazó con la mía paseando por el Battersea Park londinense. Nuestras pieles se tocaban por primera vez, ingenuidad y cariño compartidos por dos apátridas en una primavera que no llegó. Y aquella otra piel que pidió permiso, que me habló de un anhelo, 'no puedo tenerte cerca sin desear tomarte de la mano'. Aquella puerta franqueada al fin, los labios que se encontraron, la arena de una playa, la suavidad de terciopelo... ¡por favor, si mi piel al lado de la tuya parece una lija! "Usa aceite corporal", me aconsejó una buena amiga. Ojalá lo hubiera descubierto antes.

Recuerdo aquel despertar, con la voz de Freddie Mercury cantando para mí "Too much love will kill you". El vello erizado, la piel tensa, dejarse llevar y sentir un estallido. Temblar, llorar del susto. ¿Esto es así? ¿Es normal?

Apoyar la cabeza sobre la piel de otro, sentir su corazón, ver el atardecer de un otoño entre las nubes y pensar "la eternidad debe ser algo parecido a esto".

martes, julio 04, 2017

La verdad y nada más que la verdad, señoría

Hace tiempo, mucho ya, una amiga manifestaba en su blog (cuando los blogs andaban en auge) que estaba harta de fingir, de ser correcta, de no decir lo que pensaba y se mostraba determinada a cambiar, a hacer un punto de inflexión en su vida y a partir de ese momento decir la verdad en todo momento.

Yo, que fui acusada en ocasiones varias de tener la conciencia muy laxa, comenté que lo que en principio parecía una buena idea, no lo era en absoluto (en mi modesta opinión, claro). No es que quiera/quisiera hacer apología de la mentira, no. Lo que pasa es que por experiencia sé que en general no estamos preparados para la verdad. Ni nos paramos a discernir en ocasiones la verdad del engaño, ni mucho menos nos gusta que nos la digan a la cara. Porque la sinceridad es una palabra bonita en sí, pero, como le dije a mi amiga (bueno, le escribí en un comentario de su entrada del blog) "igual que no te desnudas delante de cualquiera, tampoco hace falta que seas cien por cien sincera con cualquiera".

Claro que necesitamos quitarnos la máscara, por supuesto. Vivir con ella puesta en todo momento es agotador. Por eso es bueno tener cerca a alguien que nos entienda, que nos escuche, que nos diga la verdad y a quien decírsela. Alguien con quien poder ser tú sin correcciones impuestas por una sociedad. Pero opino que ese alguien tiene que ser escogido. A simple vista es difícil reconocer entre la gente a las personas que no temen oír lo que no siempre es agradable oír.

Sinceros del mundo, manejad con cuidado la verdad. Conozco a uno que después de tres cuartos de siglo (casi) de escrupulosa sinceridad vio su palabra comprometida por un mentiroso compulsivo. Vamos, que más de setenta años de sinceridad no pudieron con una década de engaños y mentiras demostradas. Porque la verdad era incómoda y la mentira tan... ¿conveniente?